viernes, 11 de mayo de 2018

Antes del Incendio | Luna Riversong

Hola Todos!
Antes de nada, quiero deciros que por algún motivo blogger no me deja responder a los comentarios que dejáis en las entradas. Me da muchísima rabia, pero no sé cómo solucionarlo porque nunca antes me había pasado.
Hoy nos toca la última entrada de la serie de relatos previa a mi novela "Crónica del Incendio". "Antes del Incendio" es una serie de cinco relatos protagonizados por cinco de los personajes de la historia. Todos tienen lugar antes de los eventos que se narran en "Crónica del Incendio"; este en concreto tiene lugar cinco meses antes de que empiece el libro. Como ya os he comentado alguna vez, Luna es una de las dos narradoras principales de la novela, y un personaje entrañable tanto por su inocencia como por su juventud. Espero que le deis mucho cariño.
La ilustración, como siempre, viene de la mano de Jota Ilustrador y como ya nos tiene acostumbrados, es absolutamente magnífica y representa genial a Luna.
¡Espero que os guste!

Luna Riversong

Ciudad Nueva


Cuando el autobús del Transporte de Industrias deja atrás la última fábrica y entra traqueteando en el gueto, ya es de noche. Suspiro, rezando por poder llegar a casa antes de que comience el toque de queda. Salir de clase tarde no supone un problema para los señoritos del Centro, pero es algo muy diferente para mí. No es solo que en mi “distrito” no haya un alumbrado decente en las calles, sino que tampoco es muy seguro recorrerlas de noche.

Me bajo del autobús y comienzo a caminar a paso rápido por las calles de tierra apisonada. El gueto consiste en una amalgama de edificios bajos y achaparrados con paredes de materiales diversos, techos planos con paneles solares y suelos de tierra prensada. Esas son las casas “oficiales”, las viviendas prefabricadas que te asigna el Gobierno si eres un ciudadano de provecho. Pero entre ellas proliferan las chabolas, refugios mal construidos en los que malviven todos aquellos que no tienen cabida en la ordenada vida del sistema. Como los niños abandonados o huérfanos. O aquellos que no quieran ser vistos por las cámaras que hay instaladas en todas las casas, como las prostitutas y los criminales de poca monta.
De no ser por mi madre, seguramente acabaría viviendo en una de ellas.
Sólo de pensarlo aprieto el paso, tratando de llegar a casa lo antes posible. No queda mucho para las diez de la noche, cuando se activará el toque de queda y se cortará la luz eléctrica en el gueto. La única iluminación que habrá será el resplandor de las luces del Centro. No querría caminar casi a oscuras por las callejas del gueto ni por todo el dinero del mundo.
Por suerte, mi casa no está demasiado lejos de la parada del autobús. El alivio recorre mi espina dorsal cuando llamo a la puerta con dos golpes secos, tal y como mi madre y yo acordamos hace años.
Pero nadie acude a abrirme.
–¿Mamá? –llamo en voz baja, insegura– ¿Mamá, estás en casa?
El silencio es la única respuesta que recibo, así que me acerco a una de las ventanas de nuestra pequeña casa. Miro por uno de los agujeros que ha hecho la lluvia ácida en la contraventana de chapa. A través de la raída cortina hecha de tela de ropa vieja, puedo ver que yace en el suelo, completamente inmóvil.
–Joder –murmuro, procurando no alzar la voz mientras busco el juego de llaves de emergencia que llevo en mi bolsa–. Ya voy, ya voy…
Pero cuando meto la llave en la cerradura no puedo evitar mascullar otra maldición en voz más alta, a punto de llorar. Mi madre ha metido su propia llave desde el lado interior de la cerradura. Es algo que solemos hacer para evitar que nadie pueda entrar en nuestra casa cuando estamos nosotras dentro.
Vuelvo a la ventana y trato de distinguir si mi madre está consciente, pero mirando los los agujeros de la chapa y con las cortinas echadas no consigo distinguirlo. La enfermedad le ha creado cierta sensibilidad a la luz, así que solo hay una pequeña lámpara encendida en una esquina del cuarto. Me parece que tiene los ojos cerrados y su piel está cubierta por una fina pátina de sudor. Creo que está viva, pero, ¿cuánto durará si no logro ayudarla? Y aun en el caso de que logre entrar en casa, ¿qué voy a hacer?
Me dejo caer de rodillas en el suelo, a punto de sufrir un ataque de ansiedad. Mi madre está ahí, apenas a dos metros de mí y no puedo ayudarla… ¿De qué sirven todas las jodidas cámaras en las casas si nadie va a enviar ayuda cuando alguien cae enfermo?
No puedo sucumbir al pánico. Tengo que entrar y luego, si aún no ha empezado el toque de queda, podría intentar contactar con Soren. Aunque solo sea un estudiante sé que va a ser un gran médico, y si no, sus padres son farmacéuticos… Podrían ayudar. Sí, esa es una idea que podría funcionar. Me pongo en pie y me encaro con la puerta cerrada, tratando de pensar rápido. Lo único que me viene a la mente es otra explosión de rabia y frustración, así que embisto la puerta con el hombro derecho.
Me hago tantísimo daño que casi me parece que el crujido que oigo viene de mis huesos, pero la grieta vertical que aparece en la puerta de aglomerado me hace darme cuenta de que no es mi hombro lo que se ha roto. Por una vez, el hecho de que nuestras casas estén construidas con los peores materiales posibles parece útil, así que aprieto los dientes y me lanzo otra vez contra la puerta.
La tercera vez que la embisto aterrizo en el suelo de nuestra pequeña casa, en medio de una lluvia de astillas, mordiéndome el lado interior de la mejilla derecha al caer. Se me escapa un gemido entre dientes.
–¿Mamá? –gimoteo, acercándome a ella sin levantarme del todo.
Mi madre tiene la piel oscura como el caramelo, un tono tostado no mucho más oscuro que mi propia piel, aunque en las mejillas y los dedos que le quedan parece muy enrojecida. Tiene un sarpullido enorme en la cara interna del antebrazo izquierdo, uno que no tenía esta mañana cuando me fui.
–¿Mamá? –digo dubitativa, tocándole la frente y apartando los encanecidos mechones de su rostro. Su cabello solía ser como el mío, liso y tan negro como la tinta, pero la mayor parte se le ha ido cayendo en los últimos meses y lo que le queda está grisáceo y encrespado– ¿Mamá, me oyes?
Los párpados de mi madre aletean suavemente, pero no abre los ojos.
–¿Luna?
Me siento tan aliviada que quiero romper a reír.
–Soy yo, mamá –digo, tratando de no alzar la voz para no atraer curiosos indeseados–. Te has desmayado. Voy a llamar a Soren, mi amigo el médico, y…
En ese momento, la pequeña lámpara que era nuestra única luz se apaga de golpe. Siento tantas ganas de gritar que casi no puedo contenerme, así que en vez de eso rompo a llorar. Querría pedir ayuda, a alguien, a quien sea, pero desde el principio mamá y yo hemos estado solas. En cierto modo aisladas incluso del resto de los habitantes del gueto.
No tengo a nadie a quien recurrir aquí.
–Lo siento.
El susurro de mi madre es tan tenue que apenas lo oigo. En medio de la casi completa oscuridad que caracteriza al gueto durante la noche, cuando pretenden obligarnos a dormir con los cortes de luz, me parece ver el reflejo de la escasa luz exterior en un ojo abierto.
–Lo siento –repite mi madre en un ronco susurro, y no puedo dejar de maldecir la enfermedad que le ha robado hasta la voz–. Siento irme así. Hay cosas que debería haberte contado…
–No te vas a morir, mamá –murmuro entre lágrimas, porque no puedo asumir algo así, sencillamente no puedo. Mi madre es prácticamente mi vida. Mi madre es todo mi mundo–. Mamá, aguanta hasta mañana, Soren…
–Luna –me interrumpe mi madre, y noto como respira otra vez entrecortadamente.
A tientas, le tomo el pulso con los dedos, como si realmente supiera lo que estoy haciendo. Noto que los latidos de su corazón son como un reloj desacompasado, se aceleran y se interrumpen en una sinfonía dislocada que no augura nada bueno.
Las taquicardias son un síntoma más de su enfermedad, pero hasta ahora, en todos los años que mamá lleva aguantando, no habían durado tanto.
Y de pronto, todo se queda en silencio.
Aprieto los dedos contra su cuello con todas mis fuerzas, tratando de captar algo, lo que sea; pero bajo la piel aún cálida no hay latidos. El aire de mi casa parece estático. Solo unos sollozos histéricos rompen el atronador silencio.
Sé que no debería hacer ruido, pero no puedo dejar de llorar. No me importa que alguien vea la puerta rota, me oiga y venga a por mí. Solo me importa el cuerpo que ya no es mi madre enfriándose en el suelo, a mi lado; el vacío que ha dejado en mi vida y que ya nunca podré llenar. Sollozo y siento que no puedo respirar. Me duelen la garganta y los ojos, me duele… me duele todo.
No puedo más.
–Mamá…
¿Tienes ganas de más? Averigua cómo hacerte con la novela aquí.

martes, 8 de mayo de 2018

"Crónica del Incendio", por M. Gumiel

¡Hola Todos!
Bueno, finalmente ha pasado... ¡Crónica del Incendio ya está a la venta! Ha sido un viaje intenso, pero considero que ha valido mucho la pena.

(¡Psssst! Si no sabes de qué va esto o quieres asegurarte de que el libro te va a gustar antes de pagar por él, puedes leer las historias previas aquí.)

Como muchos ya sabréis, "Crónica del Incendio" es una novela... bueno, digamos que yo quería que fuera juvenil, pero posiblemente sea más "new adult" o "joven adulto". Es una novela que abunda en la psicología de sus personajes, en las consecuencias que la guerra, las drogas y la pérdida tienen en la gente... es una novela sencilla de leer a nivel estilístico (como ya habréis notado por los relatos previos), pero compleja a nivel de trama, personajes y escenarios. Ante todo, es una novela de aventuras.

Por ahora solo estará a la venta online; esto es así por mi ya archiconocida ambición de hacer la literatura lo más asequible posible. Como podréis ver, los precios no son precisamente altos ;) Los enlaces de compra son los siguientes (clicad sobre los tipos):

📚 Tapa blanda (485 páginas, incluye mapa, 9'95 €)
📚 Tapa dura (610 páginas, incluye mapa, los relatos "Antes del Incendio", biografía de la autora y sinopsis de la segunda parte, 21'95 €)

Las dos ediciones incluyen filigranas en los números de página y los separadores e inicios de capítulo especiales. Si queréis cotillearlas, no tenéis más que clicar en "vista previa" y encontraréis disponibles gratuitamente el primer capítulo y el prólogo de ambas versiones :)

La editorial con la que trabajo (Lulu) suele activar cada muy poco tiempo distintos códigos de descuento, con los que o los libros o los envíos salen más baratos o incluso gratis. El código activo  ahora mismo en España (Europa en general) es ONESHIP, que ofrece dos opciones de envío:

- Correo ordinario gratuito: es totalmente gratis, pero tened en cuenta que tarda más o menos lo mismo que  un envío bookdepository en llegar (de tres semanas a un mes) dado que usan el mismo sistema. Aún no he sabido de nadie a quien no le haya llegado este tipo de envío, aunque sé que a mucha gente el no tener rastreo le da un poquito de ansiedad.
- Envío de UPS a mitad de precio: sale por entre 5 y 6 euros, y tendréis los libros en casa en unos diez días. Es la opción que suelo recomendar yo.

El código estará activo hasta el 18 de junio.

Si necesitáis ayuda a la hora de comprar los libros o necesitáis preguntar algo, tenéis que ir aquí y escribirles hablando del problema que tengáis. Por favor, si los envíos no os llegan o algo está en mal estado, no me escribáis a mí, ¡yo no puedo hacer nada! :( Escribid a la editorial, ellos lo solucionarán todo :)

Os dejo aquí la sinopsis del libro, por si se os ha olvidado ;)


Año 2117. Tras pasar por la Tercera Guerra Mundial, un desastre nuclear y una crecida catastrófica del nivel de los océanos, el planeta Tierra parece haber alcanzado un periodo de calma. Los pocos miles de humanos supervivientes se organizan en ciudades-estado dispersas, tratando de sobrevivir sin agotar los escasos recursos que les quedan.
En la Ciudad Nueva, Luna Riversong, una estudiante huérfana de diecisiete años nacida en el gueto, lucha por seguir adelante en la Ciudad Nueva, donde cada segundo de su vida es grabado y analizado por cámaras de vigilancia.
Mientras agacha la cabeza y trata de abrirse paso en un mundo al que muchos consideran que no pertenece, la rebelión comienza a fraguarse en su entorno... y en el corazón de Luna.
Al otro lado del mundo, en la helada tierra de Vinland, Willow Wannamaker lucha en una guerra sin cuartel. Criada en las calles, sin pistas sobre sus orígenes y entrenada como asesina a sueldo, Willow no se detendrá ante nada con tal de sobrevivir a cada nueva batalla... o de volver junto al amante que dejó atrás.
A través de los ojos de ambas nos asomaremos a un futuro incierto, oscuro y despiadado.
Un futuro a punto de arder.


Y eso sería todo. ¡Espero que os guste!

¡Mantened las espadas afiladas!

viernes, 4 de mayo de 2018

Antes del Incendio | Helios Peace

¡Hola Todos!
Hoy nos toca la cuarta entrada de la serie de relatos previa a mi novela "Crónica del Incendio". "Antes del Incendio" es una serie de cinco relatos protagonizados por cinco de los personajes de la historia. Todos tienen lugar antes de los eventos que se narran en "Crónica del Incendio"; este tiene lugar ocho meses antes de que empiece el libro. Helios es uno de los personajes que más peso tiene en la novela, por diversos motivos; aunque este es el único capítulo en el que "oiréis su voz".
La ilustración, como siempre, viene de la mano de Jota Ilustrador y como de costumbre es exactamente como imaginaba a Helios.
¡Espero que os guste!

Helios Peace

Ciudad Nueva


El barullo en el comedor de la Universidad es impresionante. Francamente, me sorprende que siendo poco más de doscientos alumnos entre todas las especialidades se las puedan apañar para hacer tantísimo ruido. Aunque claro, muchos de los alumnos son del Segundo Distrito. Allí no reciben el mismo tipo de educación en conductas sociales que recibimos aquí en el Centro. Supongo que su actitud es disculpable.

–¿Qué lees, Helios? –me pregunta Héctor, sacándome de mis divagaciones al sentarse a mi lado.
–En realidad nada, con este jaleo no puedo centrarme –respondo, apartando a un lado el prometedor artículo de la Dra. Augustine que estaba intentando leer. Aunque las publicaciones científicas lleguen a la Ciudad Nueva con años de retraso, siempre que logro hacerme con una la leo–. ¿Qué tienes tú ahí?
–Hmm, nada, materiales para la clase de Urbanismo Social –responde Héctor tendiéndome un par de detallados mapas de nuestra ciudad–. A ver si adivino; hoy tampoco has hecho los deberes.
Me encojo de hombros con un suspiro. Lo de que estudiase Ciencias Políticas fue idea de mi padre, no mía, así que supongo que no se me puede culpar si hacer los absurdos trabajos que nos mandan casi a diario me parece más bien poco interesante.
–¿Había que entregar algo? –pregunto sin embargo, porque lidiar con la ira de mi padre tampoco me apetece.
Héctor niega con la cabeza con una media sonrisa.
–Era la preparación para la excursión de esta tarde al gueto –me explica, antes de corregirse al verme alzar una ceja–. Bueno, para el estudio de campo. ¿Te hago un resumen rápido?
–Creo que conozco de sobra la distribución de la Ciudad Nueva –replico con sorna mientras observo los detallados mapas que Héctor ha extendido sobre la mesa.
Nuestra ciudad esta hermosamente diseñada para tener la forma de un círculo perfecto. En el centro de este se encuentra nuestro distrito: el Primer Distrito, aunque por motivos obvios todos lo llamamos el Centro. Dibujando un semicírculo en uno de sus lados está el Segundo Distrito, donde viven los trabajadores cualificados que tienen sus empleos en el Centro y las Fábricas. Formando otro semicírculo enfrente de este se encuentran las Fábricas, con la procesadora de coltán ocupando un lugar eminente entre estas.
Y en el lado exterior de las fábricas se encuentra el Tercer Distrito, donde vive la mano de obra de las fábricas. Son trabajadores sin ningún tipo de formación específica, fuerza de trabajo analfabeta. Muchos llaman al Tercer Distrito “el gueto”.
–Tú sabrás, Helios –me responde Héctor encogiéndose de hombros–. Creo que sería interesante que le echases un vistazo al Plan de Urbanismo Social, la distribución de viviendas en el Tercer Distrito…
Pongo los ojos en blanco con un suspiro.
–Ya sé qué hay en ese plan, Héctor –digo con tono de agotamiento antes de empezar a citar de memoria–. “El Gobierno asignará viviendas a los trabajadores de las fábricas dependiendo de la carga familiar de estos y del número de miembros útiles con los que cuente la estructura familiar. Los cambios en la estructura familiar conllevarán cambios de residencia inmediatos a decisión del Ministro del Tercer Distrito. Aquellos que no cuenten con trabajo ni familiares trabajadores…”
–Vale, vale –me corta mi compañero con una risilla–. Voy a hacer una excursión preliminar al gueto, para enterarme mejor cuando vayamos esta tarde. Total, no tengo nada que hacer en la hora libre –dice, con una sonrisa alegre–. ¿Te vienes?
Le dedico una mirada pensativa al artículo de Augustine que he dejado sobre la mesa, algo sobre la creación de una planta transgénica que se alimente de NO2 o SO2 o algo por el estilo. De cualquier modo, el artículo tiene ya varios años, que tarde unas horas más en leérmelo no va a cambiar nada.
–Vale, vamos –respondo sonriendo–. Quizá de esta consigas impresionar al profesor Fabra de una vez, ¿eh?
–Ni lo sugieras –murmura Héctor mientras recoge sus mapas, cabizbajo.
Cualquiera diría que ser hijo del profesor daría algún tipo de ventaja, pero el padre de Héctor es más exigente con su hijo que con ningún otro alumno de sus clases.
Salimos al exterior del campus y cogemos nuestras bicicletas. Debido al Tratado de Emisiones, hay un número máximo de veces que podemos usar cualquier transporte a motor por semana, aunque yo siempre intento evitar usarlo. Héctor tampoco lo usa mucho, porque detesta la idea de contaminar aún más el mundo tanto como yo.
Tenemos que pasar un par de controles de seguridad para cruzar la zona de las Fábricas. En cada uno de ellos los Agentes del Orden, ufanos en sus uniformes blancos, nos dan el alto. Sin embargo, saben distinguir a un habitante del Centro cuando lo ven y no nos hacen demasiadas preguntas ni nos impiden el paso, aunque cruzan miradas significativas.
–¿Por qué demonios les molesta tanto que vayamos al gueto? –escupo, cuando cruzamos el último control y nos acercamos a la verja que separa la zona de las Fábricas del gueto.
–Y qué más da –replica Héctor encogiéndose de hombros–. Dejemos aquí las bicicletas. Ten, ponte esto.
Mi amigo me tiende una especie de chaqueta negra de una tela que brilla de modo extraño.
–¿Qué demonios es eso?
–El uniforme del gueto, idiota –responde poniendo los ojos en blanco–. Los que tienen autorización para ir más allá de las Fábricas pueden llevar otro tipo de ropa. En caso contrario, tienen que llevar esto. ¿Es que no has leído nada de lo que nos mandó mi padre?
–No –respondo mientras cojo la chaqueta–. El Plan de Urbanismo Social ya lo había leído y el resto me dio pereza. ¿Por qué narices tenemos que ponernos esto?
–Porque debe haber como diez personas en todo el gueto que tienen permitido ir más allá de las fábricas y estoy seguro de que todos los conocen. ¿Quieres ir por ahí con una diana en la espalda o qué? –me explica Héctor con tono exasperado.
–No se atreverían a tocarnos.
–Bueno, yo no voy a arriesgarme –masculla él mientras se abrocha la chaqueta hasta el cuello y se pone la capucha–. ¿Listo?
–Listo –respondo poniéndome también la chaqueta.
Dejamos atrás las bicicletas y cruzamos la verja con cautela. Nada más dejar atrás la verja, el asfalto termina y comienza un suelo de tierra aplastada por los años de gente pisándola, sin rastro de vegetación. La primera línea de viviendas comienza unos metros más allá, y frunzo el ceño sin poder evitarlo.
–¿Esas son chabolas o casas oficiales?
Héctor las escudriña también, pensativo.
–Parecen casas oficiales. Si te fijas están alineadas y tienen más o menos el mismo tamaño. Creo que son las viviendas para familias de un solo individuo, las bipersonales estarán detrás –me explica, pero parece tan sorprendido como yo por el terrible aspecto de las casas oficiales.
–¿Cuántos tamaños de casa hay? –sigo preguntando mientras nos acercamos más.
Las paredes parecen endebles, como hechas de planchas de aglomerado o quizá de yeso sin ladrillos. Los techos son muy bajos y totalmente planos. Las ventanas están cubiertas con contraventanas de chapa y todas las puertas están cerradas. Un crío pelirrojo sale corriendo al vernos acercarnos.
–Creo que hay viviendas unipersonales, bipersonales y luego ya para familias de cuatro miembros en adelante. Lo que cambia es el tamaño de la habitación y el número de camas, me parece.
–¿La habitación? –repito, sorprendido.
–Las casas tienen una sola habitación donde está la cocina, el baño y el dormitorio, y el ordenador con conexión a la Red si la familia se lo ha ganado o lo necesita –recita Héctor con una expresión extraña–. Es para fomentar la socialización de esta gente… Para que pasen tiempo unos con otros…
A medida que avanzamos por las calles de tierra apisonada nos cruzamos con algunos habitantes del gueto; no muchos, la mayoría están trabajando en las fábricas ahora mismo. Pero todos los que deambulan por las calles tienen el mismo aspecto: caras sucias, dientes podridos y ojos inyectados en sangre. Todos tienen los labios agrietados y resecos, y parecen tremendamente delgados.
–No sé si querría pasar tiempo con esta gente –murmuro, entre aprensivo y espantado–. ¿No se pueden mejorar sus condiciones de vida?
Héctor sacude la cabeza y me doy cuenta de que está tan espantado como yo. Entre las viviendas oficiales proliferan las chabolas, la mayoría construidas con plásticos y cartones. ¿No se supone que el Gobierno da casa a todo el mundo?
–Esto no es lo que esperaba, Helios –dice, mirando a su alrededor con aire de profunda lástima–. He hablado con alumnos que hicieron esta excursión el año pasado… Nada de lo que me han contado se parece a esto.
–Vámonos –murmuro, incapaz de seguir viendo a esta gente desnutrida y deshidratada, sin poder hacer nada por ayudarlos. Sabía que la situación era muy distinta a la que se sabe oficialmente, llevo años sabiéndolo. Pero nunca creí que las cosas hubieran llegado a estos extremos–. Aquí somos unos completos inútiles. Tiene que haber algún modo de ayudar a esta gente.
Héctor se muerde el labio con fuerza.
–¿Tú te esperabas esto, Helios?
Aprieto los dientes, deseando romper algo o gritar. No me lo esperaba porque no he querido esperármelo. Porque desde niño he sabido que esta ciudad está construida sobre mentiras, pero jamás hubiera imaginado que las mentiras tuvieran consecuencias como estas.
–No –miento, sin embargo, porque aunque Héctor me caiga bien tampoco puedo confiar en él del todo–. Vámonos.
Héctor asiente y me sigue de vuelta a las fábricas. Apenas hemos estado diez minutos en el gueto, pero tengo el estómago revuelto. No creo que pueda seguir viviendo en el Centro y fingir que todo está bien. Esta gente está sufriendo porque yo estoy guardando silencio sobre todas esas mentiras que sé que existen. Porque no he querido dejar que me molesten, que arruinen mi vida perfecta.
Pero ya no puedo hacerlo más. Esto no está bien.

viernes, 27 de abril de 2018

Antes del Incendio | Willow Wannamaker

¡Hola Todos!
Hoy nos toca la tercera entrada de la serie de relatos previa a mi novela "Crónica del Incendio". "Antes del Incendio" es una serie de cinco relatos protagonizados por cinco de los personajes de la historia. Todos tienen lugar antes de los eventos que se narran en "Crónica del Incendio"; este en concreto tiene lugar once meses antes de que empiece el libro. Como quizá recordaréis si habéis leído la sinopsis, Willow es uno de los dos personajes principales de la novela... y una de los favoritos de todos mis lectores beta. También es el personaje más complejo y con más capas. 
La ilustración, como siempre, viene de la mano de Jota Ilustrador y es exactamente como imaginaba a mi chica guerrera. Y el gallego es cortesía de mi queridísima Lia, porque como hubiera dependido de mí Neira hubiera sido un desastre. Dadle las gracias por habernos salvado a todos de un horror estereotipado.
¡Espero que os guste!

Willow Wannamaker

Vinland

La nieve cubre cada centímetro de la ladera de la montaña. Incluso de noche puedo ver perfectamente sin necesidad de pyro, porque el blanco refleja la luz de las pequeñas linternas portátiles que hemos colocado a nuestro alrededor. Borya, el único vinlandés del grupo, construyó un par de parapetos de nieve para que la luz no fuera muy visible desde el pueblo. De cualquier modo, el cielo está inusualmente despejado, así que la nieve refleja también la luz de las estrellas. Cada vez que las miro danzan en el cielo, formando estelas que me recuerdan a los neones de Paradise City.
A Warren.
Le lanzo una mirada aviesa al comunicador, que lleva horas en silencio. Zasha se ha ido al pueblo con la mayor parte de nuestra banda. Nos ha dejado a Neira y a mí aquí, esperando por si necesitan refuerzos o que les saquemos de una mala situación. Puedo ver las luces del pueblo, al pie de la ladera helada. El viento sacude el lugar entero como si quisiera tirar abajo la montaña. Juro que daría cualquier cosa por estar ahí abajo con Zasha y el resto, peleando. Al menos así entraría en calor.
–Puto frío –mascullo entre dientes y la carcajada de Neira me llega desde algún punto a mis espaldas.
Coitadiña –se mofa, y aunque no entiendo qué djinns ha dicho la burla está implícita en su tono de voz.
–No me hables en nóvense –resoplo, mientras Neira vuelve a reírse–, ¿o quieres que empiece a darte órdenes en paradisíaco?
–No es novense, Wannamaker –replica mientras salta al suelo desde el parapeto en el que estaba encaramada–. Y por mucho que Zasha diga que eres la segunda al mando, eso es algo que tienes que ganarte.
–Como si yo quisiera algo de vosotros –escupo, mientras cojo el comunicador de nuevo–. Zasha. ¿Lo tenéis ya o no?
Solo recibo estática como respuesta. No puedo ni plantearme que a Zasha Záitsev, el único amigo que me queda sobre la faz de la tierra, el jefe de mi banda de mercenarios, la persona que me ha traído a luchar a Vinland, le haya pasado algo. Asumo que estarán intentando hacer alguna operación retorcida de esas que ingenia Borya.
La verdad es que no tengo ni idea de qué va esta guerra, ni me importa una mierda. Hace casi un año que Zasha me ofreció un puesto en su banda, lo que significaba viajar a un lugar lejos de Paradise City y de la posibilidad de acabar con la katana de Warren en las tripas. Eso era todo lo que necesitaba saber. Eso, y que había una paga, claro. ¿Qué me importa a mí si el gobierno es cruel o si los rebeldes sufrían bajo el yugo de nadie? El que paga hace la ley, eso lo aprendí en las calles hace tiempo.
–¿Todos los outsiders ponéis esa cara de asco cuando pensáis o eres tú sola?
–¿Todos los novenses tenéis diarrea verbal o eres tú sola, Neira?
La rubia novense me responde con una risilla y siento como se deja caer en la nieve a mi lado, sujetando su rifle de francotiradora entre las manos. Podría decirle que Zasha le ha ordenado que vigilase desde lo alto del parapeto y que no debería abandonar su puesto. Pero ser jefe es el trabajo de Zasha, no el mío.
–Sabes, siempre me he hecho muchas preguntas sobre los outsiders.
Le respondo con un gruñido molesto mientras empiezo a frotarme las manos y echarme el aliento sobre ellas, tratando de recuperar algo de sensibilidad en los dedos helados, pero sin mucho éxito.
–Todo eso de que maestro y aprendiz tengan que matarse el uno al otro… es un poco melodramático, ¿no?– insiste.
Le lanzo la mejor de mis miradas asesinas sin poder evitarlo.
–¿Qué djinns te ha contado Zasha?– escupo, buscando mi látigo en mi cadera antes de darme cuenta de que está enrollado al fondo de mi mochila, porque se supone que ya no soy una outsider y no debería usarlo.
Aunque el tatuaje sobre la ceja no va a desaparecer así como así.
–Nada, nada –responde Neira alegremente, como si no se diera cuenta de que estoy deseando cargármela–. Es curiosidad, pero vamos, se ve que el dramatismo es requisito para entrar en el gremio. Qué pose de asesina a sueldo…
Su forma de meterse conmigo me recuerda a Warren y no puedo evitar una media sonrisa. En menos de un segundo, observo su postura y la distancia con el hueco de salida en el parapeto y sonrío más ampliamente.
–¡Eh! –protesta Neira cuando le asesto un golpe seco en la parte alta del brazo.
Resbala hacia atrás en la nieve mientras suelta el rifle y sus dedos buscan algo a lo que agarrarse. La nieve se desmorona entre sus dedos y abre los ojos muy ampliamente, casi con pánico, mientras se precipita al vacío por el hueco.
La agarro por el tobillo justo antes de que empiece a rodar ladera abajo.
        –Qué merda tés! –me grita con rabia en ese maldito idioma que no hablo–. Mira merdeira, ou subes a corda, o xúrote que fago un caldo cos teus ósos…
        –¿Te suelto entonces?
Neira me mira en silencio, con un gesto que mezcla el enfado con una chispa de diversión.
No debería cogerle cariño a esta gente. No debería cogerle cariño a nadie.
La nieve en torno a Neira se vuelve luminiscente, arrancando mil destellos al aire, envolviendo su figura despatarrada como un velo de luz. Entrecerrando los ojos, aparto la vista de la escena y miro hacia el interior del parapeto, donde el reflejo rojizo de las linternas portátiles en la nieve me recuerda demasiado al filo de la katana de Warren.
Warren.
–¿Vas a subirme o no? –protesta Neira, y tiro de ella bruscamente.
La rubia se queda un momento tendida boca arriba, recuperando el aliento con expresión de desconcierto.
–Eres el bicho más raro que he visto nunca, Wannamaker.
–Es por el prestigio –murmuro, con la vista aún fija en los reflejos rojizos que me hacen pensar en Warren–. Por mantener el equilibrio, también. Al principio los outsiders no eran como ahora, había más de trece. Una mujer alzó a casi cien contra una de las grandes corporaciones. Perdió, pero estuvo a punto de ganar. Desde entonces nunca ha habido más de trece de nosotros a la vez, para que nunca seamos tantos que pudiéramos destruir a una corporación.
Neira asiente, pensativa. Por lo que sé, pasó parte de su adolescencia en Paradise City como mercenaria, así que las corporaciones habrán sido su día a día. Hoy matas para Prometeo, mañana espías para Nova. Grandes empresas que gobiernan Paradise City con mano de hierro, con una remota apariencia de legalidad de cara a las otras ciudades-estado.
Basura criminal, nada más.
–Pero en mi mundo todo tiene que ver con el prestigio –continúo, y realmente no estoy segura de si se lo estoy contando a Neira o estoy… ¿qué estoy haciendo? –. Me llamas dramática, pero no entiendes que el miedo es parte de lo que vendemos. Terror. “Enviaré a un outsider a por ti” es una amenaza efectiva porque la gente nos teme. ¿Prefieres un tiro en la cabeza o que te dé latigazos con una cadena al rojo vivo, que cada latigazo venga acompañado de una descarga eléctrica hasta que mueras por las heridas o por un infarto?
–Recuérdame que no te cabree nunca, Wannamaker –masculla Neira mirándome de reojo–. ¿Y qué tiene eso que ver con matar a los aprendices?
–¿Qué te da más miedo, un tipo que cría a un chaval desde su infancia y lo convierte en mercenario o el tipo que cría a ese niño y lo mata sin piedad al llegar el momento en el que ya no le es útil? –pregunto, poniendo los ojos en blanco–. Es un equilibrio delicado, porque un aprendiz mediocre puede costarte la vida en una misión, pero uno excepcional…
–Ya –me interrumpe Neira–. ¿Quién carallo querría entrenar a alguien que acabará matándote?
Warren.
–La cosa es si quieres un aprendiz de mierda que pueda costarte la vida en una misión, o uno que te mantenga con vida hasta poder hacerse con tu puesto –mascullo, mientras me fijo en que la luz de las linternas comienza a desparramarse por la nieve como fuego líquido, alcanzando el parapeto y los pies de Neira.
Brilla tanto que creo que me van a llorar los ojos.
–Estáis como putas regaderas, Wannamaker –escupe Neira, pero antes de que termine de hablar el pueblo al pie de la montaña se ilumina súbitamente.
El sonido tarda aún unas milésimas de segundo en llegar, pero entiendo que Zasha y los demás están teniendo problemas.
Cona! –exclama Neira, cogiendo su rifle y apartándose el pelo empapado de los ojos.
–Zasha –llamo por el comunicador, ignorándola–. Zasha, ¿qué djinns ha pasado? ¿Qué hay ahí abajo?
Por el comunicador solo recibo estática, pero del pueblo nos llega el inconfundible sonido de los disparos. Eso quiere decir que, como mínimo, algunos de los nuestros están vivos.
–¿Tenemos que ir a salvarle el culo a tu novio? –pregunta Neira, acercándose a la salida del parapeto.
–No es mi novio, novense –bufo mientras me acerco a ella y le doy un empujón para que baje.
Sin embargo, no parece en absoluto intimidada.
–Con lo encantadora que eres, me pregunto por qué será.
No respondo a la provocación. La aparto con brusquedad y empiezo a bajar por la ladera, viendo la luz naranja de las explosiones derramarse sobre el cielo nocturno y mezclarse con el blanco brillante de las estrellas. Es tan bonito que por un momento me pregunto si no podría sencillamente quedarme aquí, contemplándolo.
Sacudo la cabeza. Las cosas bonitas no sirven de nada. No debería importarme la seguridad de Zasha. No debería caerme bien Neira. Al final todos me traicionarán, al final todos me apartarán de su lado cuando dejen de necesitarme. Así son las cosas.
Así han sido siempre en Paradise City.

viernes, 20 de abril de 2018

Antes del Incendio | Matías Moreno

¡Hola Todos!
Como veis, sigo con la serie de relatos previos a mi próxima novela. "Antes del Incendio" es una serie de cinco relatos protagonizados por cinco de los personajes de la historia. Todos tienen lugar antes de los eventos que se narran en "Crónica del Incendio"; este en concreto tiene lugar un año antes de que empiece el libro. Además... hoy os presento a mi personaje favorito.
Sí, tengo favoritos, qué le vamos a hacer. La ilustración, por supuesto, es de Jota Ilustrador y me pareece que representa perfectamente al personaje. ¡Espero que os guste!

Matías Moreno

Ciudad Nueva

Me despierto de golpe, alguien está sacudiéndome el hombro izquierdo con fuerza. Tardo un segundo en darme cuenta de dónde estamos, porque estaba soñando con papá y mamá. Pero no. En la desvencijada chabola de plásticos robados de la basura de las fábricas y cartones de los embalajes solo estamos Lili y yo. Por cómo me sacude el brazo diría que tenemos problemas.
–¡Tenemos que irnos, Mat!
A pesar de que está muy nerviosa, Lili no alza demasiado la voz ni se queda paralizada. En cuanto ve que empiezo a incorporarme, se aparta de mí y se pone a recoger nuestras cosas: una manta raída que llevamos mucho tiempo guardando con nosotros, una bolsa de fruta deshidratada que mangué ayer de la cocina de alguien y la pulsera de cuerda de mamá.
–¿Qué pasa? –pregunto mientras me acerco a mi hermana, aún medio dormido.
Lili señala hacia arriba, haciendo una mueca de preocupación. El techo de plásticos y cartones que montamos ayer por la tarde está extrañamente flojo. Suelto la palabrota más ofensiva que conozco al darme cuenta de que después de un par de días, la lluvia ácida ha empezado a deshacer el plástico y a empapar el cartón. Pronto nuestro improvisado refugio se derrumbará encima de nosotros.
–No digas palabrotas.
Suelto una risa rápida. Una niña de siete años tan seria y tan solemne al regañarme es una escena divertida. Supongo que casi tanto como verme a mí decir palabrotas.
–¿A dónde tienes pensado ir, Lil? –pregunto mientras empiezo a envolverme los pies con bolsas de plástico raídas.
Lili se acerca a la entrada de la chabola, con aire pensativo. Aún está muy oscuro, así que debe ser de noche y no sé cuánto queda para que termine el toque de queda, pero por el ruido de la lluvia no parece que vaya a dejar de llover pronto. Seguramente se haya acumulado suficiente agua como para que si se desploma sobre nosotros el techo nos haga quemaduras serias. Probablemente mucho más que las pequeñas ampollas que ya hemos aprendido a curarnos.
–No lo sé, Mat –murmura Lili, con tono preocupado–. ¿Al lavadero? Hará más frío que aquí, pero tiene techo de cemento.
Suspiro, pensativo. Construimos la chabola pegada a una de las salidas de ventilación de las fábricas, de tal modo que podíamos contar con aire calentito a casi todas horas. Ahora en invierno es maravilloso, pero de nada nos va a servir estar calientes si nos abrasa la lluvia ácida.
–Podemos quedarnos ahí hasta que deje de llover y luego reconstruirla, es buena idea.
Mi hermana sigue plantada contra la salida de la chabola, muy quieta. Mientras dura el toque de queda, no hay suministro eléctrico en el gueto. Sin embargo la luz del Centro se refleja en las nubes e ilumina nuestras calles de tierra apisonada, así que puedo ver la silueta de Lili. Aunque solo es un año más joven que yo, es mucho más bajita. Mamá y papá murieron cuando era muy pequeña, así que creo que no ha crecido muy bien. Pero es una buena niña, casi nunca tiene miedo y piensa rápido.
No sé qué haría sin mi hermana.
–¿Con qué nos tapamos? –me pregunta, con el mismo tono de preocupación que antes.
Me rasco la nuca, nervioso. Los dos llevamos los pies envueltos en bolsas de plástico, pero aparte de eso no hay mucho más con lo que cubrirnos y no se me ocurre nada. Lo de esperar en el lavadero suena muy bien, pero si llegamos allá llenos de quemaduras tendríamos que buscar ayuda. Entonces nos separarían.
–El lavadero está a cinco calles de aquí –razono, tratando de calcular mentalmente–. Eso son como… veinte minutos andando, podemos hacerlo corriendo en mucho menos. Coge tú la manta y por debajo te ponemos plásticos de las paredes, total, se va a caer igual.
–Si empezamos a quitarle cachos se caerá aún más rápido –dice ella.
Me encojo de hombros.
–Pues mejor que nos demos prisa.
–¿Y con qué te vas a tapar tú? –insiste, sin estar convencida.
Agh. Qué pesada es. Cuanto más mayor se hace más pesada se pone, pero en el fondo me gusta saber que se preocupa por mí.
–Con lo mismo –respondo, intentando sonar serio–. Yo soy mayor, no necesito la manta encima.
–Pero…
–¡Vamos, Lili, estamos perdiendo el tiempo!
Mi hermana aprieta los dientes, enfadada, pero no protesta más. Lleva viviendo conmigo toda su vida, así que sabe de sobra que es inútil discutir cuando tengo toda la razón. Agarra uno de los plásticos transparentes que cuelgan cerca de la entrada, tira de él con cautela hasta desprenderlo de la endeble pared y se lo echa a los hombros. Se vuelve hacia mí como si quisiera preguntarme algo.
–Uno o dos más y la manta –ordeno, mientras empiezo a tirar de uno de los plásticos de otra de las paredes.
–¡Mat! –dice Lili casi gritando, y veo como el techo de la chabola empieza a hundirse.
Le lanzo la manta sobre la cabeza sin fijarme mucho en si cae donde debe.
–¡Corre, al lavadero! –grito, mientras le doy un empujón y acabo de arrancar el plástico de un tirón.
Conseguimos salir antes de que la chabola se nos caiga encima y echamos a correr como locos por las calles. Tenemos que darnos prisa, porque las bolsas tienen agujeritos y aunque tengamos los pies duros el barro ácido puede hacernos daño.
Corremos mirando al suelo, porque si la lluvia ácida nos toca los ojos nos quedaremos ciegos o perderemos mucha vista, conozco a gente a la que le ha pasado. Lili y yo llevamos siempre el pelo más largo de lo normal, ayuda a proteger la cabeza y el cuello. En realidad, la lluvia ácida solo es un peligro si pasas demasiado tiempo bajo ella, así que la mayor parte de la gente prefiere raparse para no desperdiciar agua limpia en lavarse el pelo... Pero Lili y yo vivimos en la calle.
Llegamos al lavadero muy rápido y saltamos el escalón para entrar sin detenernos. Es una construcción abandonada donde antes se lavaba la ropa. En el medio hay una especie de agujero donde antes había agua limpia y sobre ello un techo sostenido por columnas, pero no tiene paredes. Por eso normalmente hace frío. Lili tira el plástico lejos de ella, frotándose los hombros. Enseguida se agacha para quitarse las bolsas de los pies.
–¿Estás bien? –pregunto, nervioso, y Lili me mira con una sonrisa.
–Estoy bien. Nos hemos preocupado demasiado –dice mientras me acerco a ella–, no tengo ninguna quemadura.
–¿Ninguna, ninguna? –insisto, porque ha vuelto a frotarse el hombro.
Lili hace una mueca dando un paso hacia atrás.
–¡Eres un pesado, Mat! –protesta mientras me abalanzo sobre ella.
–Y tú una cría –replico presumiendo mientras le aparto un poco el cuello de la camiseta vieja que lleva–. Tienes una ampollita, Lili. Te la voy a secar bien para que el agua ácida no te queme más.
Lili refunfuña, pero no protesta mientras le seco la leve quemadura con la manga de mi propia camisa.
–¿Tú estás bien? –dice cuando termino, sentándose contra una de las columnas.
–Sí, claro –miento mientras me siento a su lado, tratando de ignorar lo mucho que me duele el pie derecho.
–¿Cuánto crees que queda para que se haga de día? –pregunta Lili mientras juega con una de sus trenzas medio deshechas.
–No lo sé. ¿Por qué no duermes un poco?
–Porque tengo frío –responde en voz baja, y me doy cuenta de que está tiritando.
Empiezo a frotarle la espalda, intentando evitar la ampolla del hombro. Cuando mamá y papá murieron, lo normal hubiera sido que el Gobierno se hiciera cargo de nosotros, aunque no siempre ocurre así. Normalmente, que el Gobierno se haga cargo de ti significa que te dan a otra familia, pero mamá nos había contado cómo muchos niños se convertían en esclavos de su nueva familia y cosas peores. Además, nos hubieran separado.
Vivir en la calle es difícil, pero Lili es valiente y yo soy duro, rápido y listo. Siempre recuerdo lo que me enseñaron mamá y papá: a ser el más rápido y el más listo cuando no puedo ser el más fuerte. También he aprendido cosas yo solo: a mangar, a distinguir entre la basura la comida que podemos comer de la que nos dará dolor de estómago y cagalera, a hacer tratos y a construir chabolas.
Aunque esta última no me salió muy bien, la verdad.
Lili comienza a respirar más despacio y entiendo que se ha dormido. Con cuidado, le meto la mano en el bolsillo y compruebo que la pulsera de mamá está ahí. Hemos perdido la comida, pero la pulsera no. La pulsera es todo lo que tenemos de mamá… pero para Lili es peor, porque casi no se acuerda de ella. Después de pensarlo un poquito, empiezo a atar la cuerda trenzada en la muñeca delgadísima de mi hermana.
–¿Qué haces, Mat? –murmura Lili, entreabriendo un poquito los ojos.
–Nada, Lili. Vuelve a dormir, anda.
–No te vayas –murmura mientras me agarra la camiseta con fuerzas, y entiendo que está teniendo una pesadilla.
Sonrío un poquito para que se le pase.
–Estaré aquí cuando te despiertes –digo en voz baja mientras ella vuelve a dormirse–. Estaré aquí siempre, Lili.

viernes, 13 de abril de 2018

Antes del Incendio | Warren Lighthouse

¡Hola Todos!
Como muchos ya sabréis y muchos otros no... en mayo se publicará mi segunda novela de ficcion, "Crónica del Incendio". Es una novela de ciencia ficción juvenil postapocalíptica bastante movidita, aquí os dejo la sinopsis:
Año 2177. Tras pasar por la Tercera Guerra Mundial, una catástrofe nuclear y la crecida del océano, el planeta Tierra parece haber alcanzado un periodo de calma. Los pocos humanos supervivientes se organizan en ciudades-estado de poco más de mil habitantes, tratando de sobrevivir sin agotar los escasos recursos que les quedan.
En la Ciudad Nueva, Luna Riversong, una estudiante huérfana de diecisiete años nacida en el gueto, lucha por seguir adelante en una dictadura en la que cada segundo de su vida es grabado y analizado por cámaras de vigilancia. Mientras agacha la cabeza y trata de abrirse camino en un mundo al que muchos consideran que no pertenece, la rebelión comienza a fraguarse en su entorno… y en el corazón de Luna.
Al otro lado del mundo, en la helada tierra de Vinland, Willow Wannamaker lucha en una guerrilla sin cuartel. Criada en las calles, sin pistas sobre sus orígenes y entrenada como asesina a sueldo, Willow no se detendrá ante nada con tal de sobrevivir a cada nueva batalla… o de volver junto al amante que dejó atrás y al lugar donde nació. La más oscura de las ciudades-estado: Paradise City.
Mientras Luna comienza a avivar las llamas de la rebelión, Willow se lanza en un viaje a través de medio mundo en busca de una vida mejor. A través de sus ojos nos asomaremos a un futuro incierto, oscuro y despiadado.
Un futuro a punto de arder
Si os ha gustado esta sinopsis, quizá os interese lo que viene ahora... desde el día de hoy hasta la fecha de publicación de la novela, iré subiendo cinco relatos cortos previos a la historia principal, cada uno de ellos centrado en uno de los cinco personajes principales e ilustrado por el maravilloso Jota Ilustrador. Hoy le toca el turno a Warren Lighthouse. Espero que os guste.

Warren Lighthouse 

Paradise City

No puedo dejar que esto pase.
El piso franco es diminuto, o quizá me lo parece porque he estado recorriéndolo arriba y abajo desde hace horas. El salón solo tiene una mesa con un par de sillas y un sofá roñoso en el que he dejado tirada mi katana enfundada. Me muero por salir y hacer probar a alguien mi filo, pero no encuentro fuerzas para salir ahí fuera y ser quien soy.
Joder, me encanta mi vida. Me encanta ser el mejor en lo que hago, me encanta que mi nombre sea una leyenda que se murmura con miedo en los callejones de la ciudad. Me encanta cada detalle de lo que tengo ahora y por todos los djinns, me ha costado mucho llegar hasta aquí.
¿Y voy a mandarlo todo a la mierda por una chica?
Dejo de dar vueltas por el salón como un desquiciado y me dejo caer en el sofá, recorriendo con el índice derecho la forma del tatuaje que tengo sobre la ceja. Aunque no lo vea, conozco de memoria todas y cada una de las aristas que hay grabadas en tinta verde sobre mi ceja. Ser digno de la espiral y de todo lo que representa me ha costado más de lo que nadie puede llegar a imaginar.
Soy un outsider. La mera palabra provoca pavor entre los habitantes de Paradise City, pero a mí nunca me hizo sentir semejante cosa. Me hizo sentir anhelo, deseo y envidia. Hizo que, desdeñando la seguridad del burdel donde me habían criado las amigas de mi madre, buscase un maestro que pudiera entrenarme para convertirme en aquello que todos temían. He luchado desde niño para que no haya absolutamente nada fuera de mi alcance y no hay un outsider mejor que yo en toda la maldita ciudad.
Me levanto de golpe y cojo un cuchillo de la mesa, uno de los de Will. ¿Cuántas veces le he dicho que no deje sus armas tiradas por todas partes?
Es terca. El mero pensamiento me hace sonreír. Es terca, no sabe obedecer y no quiere aprender a hacerlo. Es demasiado temeraria, es demasiado impulsiva, tiene demasiados escrúpulos y una sonrisa preciosa.
¡Mierda! – mascullo mientras lanzo el cuchillo contra la pared de enfrente.
Se hunde profundamente en la pared y me quedo mirándolo fijamente. Maldita sea, Will. Cruzo la habitación en dos zancadas y arranco el cuchillo de la pared de un tirón seco, arrancando un buen trozo de yeso. Por más que lo intento, no puedo imaginarme clavándoselo a Will más de lo que podría clavármelo a mí mismo.
Lo cual significa que ella será quien acabe conmigo.
¿Pero quién cojones ideó este sistema tan enfermizo?
De acuerdo, somos una élite de asesinos. Vale, no debería haber más de trece de nosotros a la vez. Pero todo esto que maestro y aprendiz se enfrenten a muerte cuando el aprendiz cumple los diecinueve y solo uno sobreviva es una puta locura. Supongo que la solución será coger aprendices mayores de diecinueve, pienso con amargura mientras vuelvo a lanzar el cuchillo, que se hunde en el mismo punto que la vez anterior pero más profundamente. Quiero destrozar algo, quiero matar a alguien.
Will cumple diecinueve en tres días o eso dijo cuando la recogí. Quizá ya los tenga, con los niños abandonados nunca se sabe. Entonces no tendría que matarla. Tal vez ella podría renunciar a lo que es, quitarse el tatuaje y… Djinns, me río solo de pensarlo. Will renunciando a ser una outsider. Will renunciando a ser una mercenaria de élite, Will borrándose el tatuaje y dejando de ser la asesina lenguaraz que es. No puedo imaginármelo y tampoco tengo claro que pudiera quererla si ella fuera de otra manera.
Mataría a cualquiera antes que matar a Will. Pero no quiero dejar de ser un outsider.
A eso se reduce todo. Matar a la única persona que me entiende, que me acepta tal y como soy, que no mira mis ojos rasgados como una rareza. La única persona que no me teme. ¿Cómo podría matarla?
Pero luego pienso en todo lo que he pasado para llegar hasta aquí y todo lo que ella ha pasado para llegar hasta donde está.
Si yo fuera ella, no me dejaría con vida.
Matarla o que me mate. O intentar no hacerlo, no enfrentarnos el uno al otro y tratar de seguir con nuestras vidas… y que todos los outsiders de Paradise City se nos echen encima y nos maten a ambos por desobedecer los códigos de la ciudad.
Arranco el cuchillo de la pared de un tirón seco.
¿Es que esta habitación se ha vuelto aún más pequeña?
Recojo mi katana del sofá con brusquedad, tirando el cuchillo de Will al suelo mientras me sujeto la funda a la espalda. Necesito una buena pelea, necesito una dosis de pyro, necesito…
Oigo la puerta abrirse bruscamente. No me doy la vuelta.
–¡Warren!
Me giro. En el umbral de la puerta principal está Will, con su melena recogida en una larga trenza negra que me hace pensar en su látigo, sus ojos de un azul que parece una alucinación producida por la pyro y la cicatriz blanca sobre sus labios casi desaparecida en su sonrisa.
¿Dónde vas? – pregunta mientras empieza a dejar armas en la mesa con aire relajado.
La miro sin saber qué responder. Sabe perfectamente la edad que tiene. Sabe perfectamente lo que eso significa. Pero ahí está, hablándome como siempre, tranquila y  alegre como si todo estuviera bien entre nosotros.
¿Quiere que baje la guardia?
Sin pensar, agarro una de las ampollas de pyro de mi cinturón y pulso el botón que despliega la aguja. Will aparta la mirada del chaleco de kevlar que estaba desabrochándose, mira mis manos, me mira a la cara y da un paso atrás, acercándose a la mesa y al látigo que ha dejado sobre ella.
Warren… – murmura mientras su mano se acerca lentamente a su propio cinturón, a sus propias dosis de pyro.
Me clavo la aguja en el pliegue del codo sin apartar la vista de ella, pendiente de cualquier movimiento que haga. Siento la droga correr por mis venas como un torrente, ralentizando los latidos de mi corazón, agudizando súbitamente todos mis sentidos. Puedo ver la palidez de Will, puedo oír su respiración agitada. Todos mis músculos vibran con energía contenida y el peso de la katana a mi espalda ya no es nada. Podría cruzar las dos zancadas que nos separan en un segundo, podría matarla tan rápido que ni se daría cuenta de lo que está pasando.
Pero es Will.
No – susurra ella, pero recoge su látigo de la mesa y lo empuña con firmeza–. No tienes por qué hacer esto.
Sí tengo por qué hacerlo.
No tenemos…
¡Vete! – le grito mientras salto hacia ella, desenfundando la katana.
Will bloquea el golpe con la empuñadura de su látigo y me da una fuerte patada en el estómago, aunque la pyro hace que apenas la note. Empujo el filo de mi katana contra ella, aunque no lo enciendo. ¿Por qué no hacerlo? El calor le haría soltar el látigo. Podría matarla.
¡No! – grita Will con furia, y veo como con la mano izquierda coge una de sus propias ampollas de pyro–. ¡Basta ya!
Le clavo la rodilla en el estómago, tratando de detenerla, pero ella aguanta el golpe y se clava la ampolla de pyro en el punto de unión entre el cuello y la clavícula, su lugar favorito para inyectarse.
Joder, cuántas veces no me he imaginado besándola ahí.
Me aparto de ella de un salto, sintiendo que pese a la pyro y pese a todo, mis huesos no son lo bastante fuertes como para sostener mi cuerpo. Will se agazapa con el látigo listo y cuando lo enciende infinidad de rayos de electricidad recorren su cadena plateada. Me mira con una mezcla de ira y dolor que no puedo soportar.
Miro por la ventana. Los neones de Paradise City se extienden casi hasta el horizonte, donde se rinden al desierto y a la noche. Allí se pueden ver las estrellas. He llevado a Will a verlas un millón de veces.
Lárgate, Will – susurro sin apartar la vista de la ventana. El reflejo del rostro de Will está atravesado por las luces de mi ciudad-estado. Seguramente son esas luces las que crean la ilusión de que tiene las mejillas cubiertas de lágrimas. Es difícil decirlo bajo los efectos de la pyro–. Vete. No me obligues a hacer algo que no quiero hacer.
No tenemos que…
¡Vete! ¡Lárgate! ¿Qué es lo que no estás entendiendo, mocosa callejera? ¡Te he dicho que te vayas, que no te quiero cerca! Ya no eres útil, ¡ya no te necesito! – estallo, pero me niego a mirarla.
Me niego a mirarla porque sé que no me va a creer.
O porque quizá lo haga y no pueda soportar la decepción en su rostro.
Ni siquiera con todos mis sentidos aguzados por la pyro la oigo marcharse. Solo oigo el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse de nuevo, muy suavemente. Cuando recorro el salón con la mirada me doy cuenta de que solo se ha llevado su látigo y el cuchillo que he estado lanzando contra la pared, nada más.
Entro en la habitación donde suele dormir cuando nos quedamos en este piso. Es evidente que ella ni siquiera ha pasado por aquí antes de irse, porque sigue siendo el mismo desastre que cuando la dejó esta mañana para ir a solucionar un asunto para la Corporación Prometeo. La cama sigue revuelta. Mis sentidos agudizados perciben rastros de ella en todas partes: su olor en el aire, un par de cabellos sobre la almohada, una huella de su mano en la ventana.
Todo se reduce a matarla, que me mate o que nos maten a los dos.
Me siento en su cama, desaparecida ya toda furia. De pronto solo estoy muy cansado, aunque sé que la pyro no me dejará dormir. En cualquier caso, no es ese tipo de cansancio. Cierro los ojos y aprieto los dientes con todas mis fuerzas mientras trato de apartar los ojos de Will de mi mente.
Aunque sé que no voy a ser capaz.